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Darnos el «gustico»

Darnos el «gustico»

El amor propio va más allá de comprarse algo bonito en un centro comercial, ir a la peluquería o hacer el viaje de los sueños.  Estos gestos de autocuidado y atención a nosotras mismas son apenas una llave que nos conduce al descubrimiento de todo nuestro potencial como seres humanos.

Por Liliana Arias

Estoy convencida de que los mejores regalos que nos damos a nosotras mismas no son materiales. Poner en una misma balanza un viaje, unos zapatos, una crema, un perfume o  una deliciosa cena al lado del hecho de que nos prioricemos, marquemos límites y nos valoremos realmente en el plano emocional y espiritual, marca la diferencia.  La búsqueda de la felicidad no puede llenarse solamente de experiencias hedonistas sin un sentido, sobre todo, cuando el precio es traicionarnos a nosotras mismas.

Ayer justo me pasó. Muchas veces en el centro comercial había sido abordada por hombres jóvenes, medianamente atractivos o interesantes, que me brindaban un pequeño jabón de regalo. No le había prestado la suficiente atención, pero ese era el gancho. Luego terminé dentro de un local, sentada en una tienda -que por su decoración parecía disfrazada de spa- con el dilema de comprar o no un kit de cremas caras con las que me juraban que me vería más joven, más bonita y más atractiva. No es casualidad que las mujeres terminemos siendo atendidas por hombres atractivos y los señores por lindas y jóvenes mujeres. Nada es al azar en estas tiendas, todo hace parte de la estrategia de ventas.

Porque luego, si te niegas, utilizan el susurro, el tono de voz convincente y dulce, juegan con las respuestas que hace poco les proporcionaste a las preguntas con las que te abordaron. No te dabas cuenta de que a la par del regalo te estaban sacando información. Ya que saben tu nombre, tu nacionalidad y a qué te dedicas, tienen los puntos clave para empatizar. Otra necesidad suplida: alguien te reconoce. Así que das un paso más y consultas tu bolsillo, tu saldo en la tarjeta o tu chequera.

Pero la presa aún no está lista. Así que acuden al recurso de hacerte sentir importante y te brindan algo que es sólo para ti porque les caíste bien. Basta otro regalo, un descenso increíble en el precio de los artículos o la promesa de una limpieza facial para que cedas a la compra. Eres “exclusiva” y redundan hasta el cansancio de que a nadie más le darían un descuento como ese. ¿Cuántas veces al día se repetirá ese mismo discurso aprendido en el taller de inducción a las ventas?

Vi en la tienda finamente decorada y aromatizada a otras mujeres a mi alrededor, y también pude percibir su ilusión por sentirse mejores y más bellas en medio de tantas promesas, como la juventud eterna, y de una amabilidad de la que sospechas pero que te niegas a eludir.

El tiempo pasaba. Ya no hay vuelta atrás. O compras o sales corriendo, inventando la primera excusa que se te ocurra. En un par de ocasiones lo había hecho bien, había aceptado el jabón de regalo y me había marchado, evadiendo las súplicas con elegancia.

Pero ayer fue diferente. Quería en realidad una limpieza para mi cara: había tenido una semana compleja en el trabajo y muchas emociones encontradas. Quería que alguien cuidara de mí, pero terminé con una crema en la cartera.

Igual puedo recurrir a la excusa de que la necesitaba, pero más allá de eso entendí que muchas de mis decisiones obedecen a los impulsos y que, detrás de esos impulsos, hay miedos y temores que me niego a reconocer. No es la primera vez que lo hago. Al contrario: creo que detrás de ese hecho viene un rosario de acciones guiadas más por mi emoción del momento que por una sana reflexión. Pero lo realmente importante hoy para mí fue entender qué se esconde detrás de esos impulsos.

Eso hace que haya llegado a este punto y me encuentre escribiendo al respecto.

Entiendo entonces que hay una niña desprotegida que necesita, amor y cuidado. Puedo entender ahora esa necesidad urgente de reconocimiento y valoración, por la que estoy dispuesta a pagar cualquier precio. Esos miedos que afloran se convierten en mi brújula y me llevan a caminar por senderos inestables y lo peor, me obligan a cargar con consecuencias con las que no quisiera lidiar. Esa es la peor agresión contra mí. La falta de respeto y de lealtad con lo que pienso y en realidad quiero. He tenido que mojar estas palabras en mis propias lágrimas para ir al punto donde puedo entender y aprender. Y llegar al centro requiere coraje. Valor para mirarte, para entenderte y también para aceptarte. No para que todo siga igual, sino para que en verdad mejore.

Y creo que es en ese punto donde empiezo a vislumbrar el amor por mí misma. Al entender mis temores y necesidades de afecto puedo darles luz, como quien saca ese objeto perdido, le sacude el polvo y lo pone encima de la mesa para que le dé el aire y para que la luz con su resplandor disuelva las partículas de polvo que titilan, inquietas, dispuestas a diluirse.

Quiero renovarme. Quiero tener la convicción de mis sentimientos. No quiero ser una veleta de mis emociones, tampoco amarrarlas, las quiero libres, libres de todo miedo, las quiero locas, sueltas bajo mi propia convicción y no bajo la guía del miedo. Las quiero cobijadas bajo mi sombra, pero no desconocidas o disfrazadas, las quiero auténticas y parte de mí y no manipuladas por los intereses ajenos.

Necesitamos darles respuesta a nuestras búsquedas y a lo que nuestra alma necesita. Poner en primer plano nuestras necesidades muy contrariamente a lo que pudiéramos pensar no es egoísta, al contrario, es un gesto de amor propio que se comparte con los demás. Así es, cuando eres dueña de tu propia vida y empiezas una ruta de conexión contigo misma no terminas descargando en los demás tus miedos o falsas necesidades a mitad del camino, quedándote sin fuerzas, sino que, al contrario, puedes establecer relaciones más equilibradas.

El comercio, los lugares de diversión, los spa y tantos y tantos espacios que te juran bienestar están básicamente diseñados para suplir esas primarias necesidades de compañía, de aceptación, de cuidado que todas buscamos.

Al final, cuando compramos compulsivamente una blusa sin necesitarla nos parecería absurdo aceptar que detrás de ese deseo instantáneo e incontrolable, de ese capricho, hay una niña asustada que está en búsqueda de reconocimiento o valoración.

No es para tanto, puedes decir: la necesitaba, puedes excusar; un capricho no está mal; además, no “es de todos los días”.

Pero también, cuando estos hechos se vuelven repetitivos en distintos momentos de la vida y terminas de capricho en capricho, te encuentras con una niña que está buscando respuestas a ese vacío y a esa falta de amor que no sabe cómo suplir.

Y no es que juzguemos implacablemente el hecho de comprarnos cosas, comernos algo rico o ir a la peluquería. ¡Ni mucho menos! Esos pequeños placeres son parte del autocuidado, del placer y del goce de la vida. Pero ese no es el punto. Lo que quiero decir es que caminar en círculos solamente alrededor de la dicha del consumismo sin mirar un poco más allá, sin reconocer que al lado del poder de un delicioso perfume o de un buen juego de ropa interior necesitamos el empoderamiento de sentirnos plenas, completas y merecedoras.  Necesitamos sentirnos capaces de cumplir con nuestros sueños.

Necesitamos entender que si somos tan autónomas como para comprar lo que queremos o para hacer un viaje con nuestras amigas debemos tener también la claridad de poder delegar una tarea en casa, de pedir ayuda cuando estamos cansadas, de exigir en el espacio laboral o de pareja que nos corresponde en justicia o priorizarnos cuando una decisión está en detrimento propio.

Comprarme algo, complacerme o darme un regalo sin duda es un buen primer paso, pero no es el más grande, ni el único. Se requiere de un verdadero conocimiento de nosotras mismas para seguir transitando por decisiones con que las que nos demostramos a nosotras mismas verdadero amor.

Seguiré yendo de paseo a los centros comerciales obviamente, no está demás una deliciosa tarde con amigas para comprarme lo incomparable, para tomarme un café, para pintarme las uñas y disfrutar del dulce placer de lo trivial. Muchos se acercarán para venderme cualquier cosa.  Pero esta vez, les mostraré un escrito como éste para que se den cuenta que nosotras también podemos ver más allá del disfraz y que lo aceptamos, a cambio de amabilidad y reconocimiento, aunque sea de mentira, como tantas otras cosas con las que convivimos a diario, y que dejamos pasar por miedo a la soledad.

La próxima vez que compre una crema no será a un joven convenientemente amable. Me harté de tanto artilugio. Tal vez le compre una pócima hecha a base de plantas a una hippie en un mercadillo de productos saludables o tal vez me la prepare yo misma y me la ponga en mi cara, con amor, en cada arruga.

Liliana Arias

Liliana Arias

Liliana escritora y periodista especializada en tema sociales. Nació en Bogotá y desde niña amó los libros y la poesía y su sensibilidad la llevó a acercarse a temas espirituales, artísticos y sociales

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